lunes, 5 de julio de 2010

EL PLATÓN DE MADERA

EL PLATÓN DE MADERA

Un señor de edad fue a vivir con su hijo, su nuera y un niñito de cuatro años de edad.

Las manos del viejo ya estaban temblorosas, su vista empañada de cansancio y sus pasos vacilantes.

La familia comía reunida en la mesa. Pero, las manos temblorosas y la vista falla del abuelo lo traicionaban a la hora de comer. Los granos rodaban de su plato y caían al suelo. Cuando tomaba el vaso, la leche era derramada en el mantel de la mesa. El hijo y la nuera se irritaban sin control, por el “desastre”.

“Debemos hacer algo respecto a papá”, dijo el hijo. “Ya es demasiada leche derramada, ruido de gente comiendo con la boca abierta y comida tirada por el suelo”.

Entonces, ellos decidieron colocar una pequeña mesa en un rincón de la cocina. Allí, el abuelo comía solito, mientras el resto de la familia tomaba sus alimentos en la mesa, con satisfacción.

Desde que el viejo quebrará uno o dos platos, su comida ahora era servida en un platón de madera.

Cuando la familia miraba hacia el abuelo sentado allí solito, a veces él tenía lágrimas en sus ojos. Aún así, las únicas palabras que le decían eran reprimendas ásperas cuando él dejaba un cubierto o comida caer al suelo.

El pequeño de 4 años de edad veía todo en silencio. Una noche, antes de cenar, el papá percibió que el pequeño estaba en el suelo, manejando pedazos de madera.

Él preguntó delicadamente al pequeño:

“¿Que estás haciendo?”...

El niño respondió dulcemente:

“Ah, estoy haciendo un platón para ti y otro para mamá para que coman, cuando yo sea grande”.

El menor de cuatro años de edad sonrió y siguió con su tarea. Aquellas palabras tuvieron un impacto tan grande en los papás que ellos enmudecieron. Entonces lágrimas comenzaron a escurrir de sus ojos.

Aún cuando nadie habló nada, ambos sabían lo que debían hacer. Aquella noche el papá tomó al abuelo de las manos y gentilmente le condujo a la mesa de la familia.

De ahí en adelante y hasta el final de sus días él comió todas las comidas con la familia.

Y por alguna razón, el marido y su esposa no se molestaban mas cuando un cubierto caía, o leche era derramada sobre el mantel de la mesa.

De una forma positiva, aprendí que no importa lo que pase, o que tan ruin parezca el día de hoy, la vida continúa, y mañana será mejor.

Aprendí que, se puede conocer bien a una persona, por la forma como ella afronta tres cosas: un día lluvioso, un equipaje perdido y las series de luces de un árbol de navidad que se enredan.

Aprendí que, no importa el tipo de relación que tengas con tus padres, sentirás la falta de ellos cuando partan.

Aprendí que, “saber ganarse” la vida no es la misma cosa que “saber vivir”.

Aprendí que la vida a veces nos da una segunda oportunidad.

Aprendí que vivir, no es solo recibir, es también dar.

Aprendí que si buscas la felicidad, para ti... ella te elude. Pero, si concentras tu atención en la familia, los amigos, y en las necesidades de los otros, en el trabajo y procuras hacer lo mejor, la felicidad misma va a tu encuentro.

Aprendí que siempre que decido algo con el corazón abierto... generalmente acierto.

Aprendí que cuando siento dolor, no es preciso ser un dolor para otros.

Aprendí que diariamente necesito acercarme y tocar a alguien. Las personas gustan del contacto humano, tomar una mano, recibir un abrazo afectuoso, o simplemente una palmada amigable en la espalda.

Aprendí que aún tengo mucho que aprender...

Las personas se pueden olvidar lo que tú les dices...

Pueden olvidar lo que tú hayas hecho...

Pero nunca olvidarán como tú las hiciste sentir.

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