lunes, 21 de julio de 2008

Suerte y Circunstancia.



Esta publicación obedece a una promesa realizada a mi amiga Susana de La Cueva de Susana, en ocasión de su comentario en el post: La Naturaleza es así.

Intentaré, sólo intentaré aclarar lo que creo que es "Suerte" y "Circunstancia" desde lo filosófico, y que papel juegan ambas, respecto al texto de su comentario precitado, y es que, en el mismo están mezcladas ambas cosas... a mi parecer.

Con mucha frecuencia, el ser humano tiende a atribuir a la suerte que las cosas sean como él quiere. Desde las culturas que difunden la creencia en que el destino del ser humano está ya escrito y hay muy pocas posibilidades de modificarlo, hasta las que hacen pensar que el hombre es el dueño de su propio destino, existe un amplio espectro, dentro del cual la persona se mueve entre la realidad y la fantasía.

La noción de suerte tal como la entendemos hoy día ha evolucionado a lo largo de los siglos. Al principio, esta idea estaba muy ligada con la mitología, ya que se pensaba que el destino humano era regido por fuerzas de la “Naturaleza”, y para que éstas fueran favorables, se tenía que crear una alianza entre los hombres y los seres superiores que gobernaban su vida. Los mitos son las historias fantásticas que la imaginación humana teje en la ilusión de que así entenderá y dominará el mundo.

La mente humana es curiosa y aventurera, se esfuerza por levantar el velo del misterio, por encontrar protección y defensa, por huir de la amenaza y el peligro y por lograr el placer y el bienestar, en sus formas más deseables.

Los mitos son un producto necesario a la mentalidad infantil. Se originan como una evasión al campo de lo mágico, una explicación aparentemente aceptable, una esperanza de salvación. Esto explica la existencia de mitos universales tan bien conocidos como el de la serpiente, que debido a su misteriosa apariencia, a su extraña forma de vida, a la fría viscosidad de su piel y al veneno mortal de sus colmillos, desde tiempos prehistóricos ha sido objeto de terror y admiración. Quizá sea la serpiente la primera criatura considerada como un remedio milagroso, venerada en los templos de Grecia y en los de Nínive, en África y en Polinesia, India y Egipto, además de algunos pueblos de América, como México y Perú: adorada con temor y con la esperanza de hacerla propicia.

De estos antiguos mitos empezaron a surgir las ideas de que existía una serie de divinidades más propicias para el hombre que otras. Así, es con el pueblo griego cuando se comienza a adorar a Tiché, que será más tarde la diosa Fortuna de los romanos. A partir de ellos la idea de suerte surge en la cultura occidental tal y como se la concibe en la actualidad.

La suerte se define como el encadenamiento de una serie de sucesos considerados como fortuitos o casuales. Puede ser adversa o favorable para las personas o para los hechos que afecta. Pero la suerte también se intenta reducir a todos los medios que se utilizan para leer el porvenir, para conocer el destino de las personas y las vicisitudes de la vida. Todas las prácticas que se utilizan hoy para invocar a la suerte, o para evitar la desgracia, derivan de otras prácticas muy antiguas, casi todas ellas heredadas de culturas anteriores a la nuestra.

Actualmente superviven costumbres, como tocar madera para conjurar un mal pensamiento o cuando se expresa un deseo, o lanzar una moneda al agua cuando se contempla una fuente, o colgar una herradura detrás de la puerta, etc., que son herencias de cultos y ritos arcaicos.

Los números han tenido siempre una importancia y una significación especiales. El origen de todas estas supersticiones parece olvidado, pero todavía es muy frecuente encontrarse con personas de buen nivel cultural, que no tienen fe en este tipo de creencias y, sin embargo, consultan el “I Ching”, el libro mágico de los chinos, del que se pueden extraer consejos para cualquier situación en la vida, porque “quizá me diga algo interesante”. Todavía hay muchas personas que consultan a magos, que sienten miedo de que alguien les eche el mal de ojo, etc.

Por si acaso, porque se sabe que todo es fantasía, pero quizá haya algo de realidad, el número 13 no existe en muchos hoteles, ni hay fila 13 en muchos teatros, si a una mesa se sientan 13 personas, siempre o casi siempre coloca un plato más, el número 14 bocabajo.

El pensamiento mágico y supersticioso, no sólo se encuentra todavía en grupos étnicos aislados de la civilización, sino que es fácil encontrar vestigios suyos en el hombre actual. En todo el mundo occidental se está experimentando un auge de la medicina natural, los curanderos, los tratamientos de enfermedades por imposición de manos (justamente aquí, en Argentina, no hace mucho tiempo, se estuvo exhibiendo una película sobre eso: “Las manos”); es decir, una serie de creencias que parecían destinadas a desaparecer.

Y es que, cuando el hombre no se encuentra capaz de dominar a la “Naturaleza” con sus conocimientos, echa mano del más poderoso aliado de la mente humana, “la imaginación”, aunque en muchas ocasiones los resultados de las especulaciones de ésta se opongan a la educación recibida o a las tendencias del pensamiento científico dominante.

La mayor parte de las decisiones que toman las personas están basadas en la suposición, en el cálculo aproximado de las probabilidades de que un acontecimiento ocurra, de que a una serie de fenómenos le sigan otros que se consideran como sus consecuencias. La mayor parte de los actos que protagoniza el ser humano están basados en la convicción de que son los más apropiados en ese momento, bien porque este conocimiento se ha adquirido a través de la experiencia, de los años y de situaciones repetidas, o bien por educación así se lo han enseñado.

El principio de azar que rige el Universo es cada vez más un elemento imponderable que hay que tener en cuenta a la hora de tomar decisiones, hacer predicciones sobre el futuro, a la hora de plantearse una investigación o cualquier experimento, a la hora de esbozar una teoría.

José Ortega y Gasset, filósofo español, nos dejó una emblemática frase: “Yo soy yo y mi circunstancia y si quiero salvar mi yo, debo salvar mi circunstancia”. Esta es una de las sentencias más difundidas de la cultura española del siglo XX. El ser humano realiza su proyecto vital decidiendo continuamente, eligiendo entre múltiples posibilidades. Pero esa elección, esas decisiones siempre se producen en unas circunstancias determinadas (entorno físico, personal, social, cultural, histórico...). La persona siempre elige en unas circunstancias concretas y muchas veces tiene que elegir contra ellas intentando cambiarlas.

Pero ¿qué es la circunstancia?. Ortega dice que son “las cosas mudas que están en nuestro próximo derredor”. Y señala como circunstancias nuestra perspectiva, tanto la espacial como la temporal, nuestra cultura, las pequeñas cosas de la vida, nuestra raza y nuestro pueblo, lo próximo y lo lejano, y el medio humano como la circunstancia principal.

Las circunstancias constituyen el ámbito, el marco, pero también el obstáculo de toda decisión humana. En este sentido, suponen el reto que el ser humano tiene que superar mediante decisiones creadoras e imaginativas. Para Ortega, todo ser humano tiene la tarea (la “misión histórica”) de “salvar las circunstancias”, es decir, de intentar superar, cambiar y mejorar la realidad histórico-social en la que vive.

Por todo lo vertido, sigo pensando que, ambos elementos, tanto la suerte como la circunstancia, se encuentran mezcladas y en cierto modo complementadas, más allá de exhibir el concebido respeto en cuanto a la posición y/o principio de quienes creen o no en la existencia de una u otra, de ambas a la vez, o de ninguna.

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