miércoles, 26 de noviembre de 2008

Extraños embarazos

Extraños embarazos

En cierta ocasión, un hombre pidió una olla prestada a un vecino. Éste, que no era demasiado solidario, se sintió obligado, sin embargo, a prestársela.

A los cuatro días, al ver que la olla no le había sido devuelta, el dueño de la misma, con la excusa de necesitarla, fue a pedírsela a su vecino.

- Casualmente -le dijo este-, iba a ir a su casa para devolvérsela…¡El parto fue tan difícil!.

- ¿Qué parto?.

- El de la olla.

- ¿Cómo?.

- Ah, ¿no lo sabía? La olla estaba embarazada.

- Sí y esa misma noche tuve familia. Por eso tuvo que hacer reposo, pero ahora ya está recuperada.

- ¿Reposo?.

- Sí. Un segundo, por favor.

- Y entrando en su casa, sacó la olla, una jarrita y una sartén, y se lo entregó todo.

- Esto no es mío. Sólo es mía la olla.

- No, es todo suyo. La jarrita y la sartén son hijas de la olla. Si la olla es suya, las hijas también lo son.

El hombre pensó que su vecino estaba totalmente loco. “Pero mejor que le siga la corriente”, se dijo.

- Bueno, gracias.

- De Nada. Adiós.

El hombre se marchó a su casa con la jarrita, su sartén y la olla.

Aquella tarde, el vecino volvió a llamar a la puerta.

- Vecino ¿Puede prestarme un destornillador y una pinza?.

El hombre se sintió más obligado que antes.

- Si claro.

Entró en la casa y salió con la pinza y el destornillador.

Pasó casi una semana, y cuando ya estaba pensando en ir a recuperar sus cosas, el vecino llamó a su puerta.

- Ay, vecino ¿usted lo sabía?.

- ¿El qué?.

- Que el destornillador y la pinza son pareja.

- ¡No me diga! -dijo el hombre con los ojos desorbitados-. No, no lo sabía…

- Mire, fue un descuido mío. Durante un ratito los dejé solos, y se ha quedado embarazada.

- ¿La pinza?.

- ¡La pinza, sí! Le he traído a sus hijos.

Y abriendo una canastilla, le entregó unos tornillos, tuercas y clavos que, según él, había parido la pinza.

“Está totalmente loco” pensó el hombre. Pero los clavos y los tornillos siempre venían bien.

Pasaron dos días. El vecino pedigüeño apareció de nuevo.

- El otro día, cuando le traje la pinza, me di cuenta de que tiene usted sobre la mesa una hermosa ánfora de oro ¿Sería tan gentil de prestármela durante una noche?.

Al dueño de la ánfora le tintinearon los ojos.

- ¡Cómo no! –repuso con gesto de gratitud.

Y entró en su casa para salir con la ánfora que el otro le había pedido prestada.

- Gracias, vecino.

- Adiós.

Pasó aquella noche, y también la siguiente, y el dueño de la ánfora no se atrevía a llamar a casa de su vecino para pedirle que se la devolviera. Sin embargo, transcurrida una semana, no pudo resistir su ansiedad y fue a reclamar la ánfora a su vecino.

- ¿La ánfora? –dijo el vecino-; pero ¿no se ha enterado?.

- ¿De qué?.

- Murió en el parto.

- ¿Cómo que murió en el parto?

- Sí, la ánfora estaba embarazada y, durante el parto murió.

- Dígame, ¿usted cree que soy estúpido? ¿Cómo va a estar embarazada una ánfora de oro?.

- Mire vecino. Usted aceptó el embarazo y el parto de la olla. Aceptó también la boda y la descendencia del destornillador y la pinza. ¿Por qué no habría ahora de aceptar el embarazo y la muerte de la ánfora?.


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