martes, 5 de febrero de 2008

El andinista.

Cuentan que un andinista, desesperado por conquistar el Aconcagua, inició su travesía después de años de preparación, pero quería la gloria para él solo y por lo tanto subió sin compañeros.

Empezó a subir, pero se le fue haciendo tarde y no se preparó para acampar sino que decidió seguir subiendo, empecinado en llegar a la cima.

Oscureció y la noche cayó con gran pesadez en la altura de la montaña; ya no se podía ver absolutamente nada.

Todo era negro y la visibilidad era nula; las estrellas estaban cubiertas por las nubes y no había luna.

Subiendo por un acantilado, a sólo cien metros de la cima, se resbaló y se desplomó por los aires. Caía a una velocidad vertiginosa, y sólo podía ver veloces manchas cada vez más oscuras que pasaban en la misma oscuridad, y la terrible sensación de sentir la proximidad del final.

Seguía cayendo, y en esos angustiosos momentos pasaron por su mente todos sus gratos y no tan gratos momentos; de repente sintió un tirón tan fuerte que casi lo parte en dos.

Sí, como todo andinista experimentado, había clavado estacas de seguridad a una larguísima soga que lo amarraba a la cintura.

En esos momentos de quietud, y luego de estar un tiempo suspendido en el aire, no le quedó más que gritar:.

¡Ayúdame Dios mío...!.

Entonces una voz grave y profunda que provenía desde el cielo le contestó:.

¿Qué quieres que haga hijo?.

Sálvame Dios mío.

¿Realmente crees que te pueda salvar?.

Por supuesto Señor.

Entonces corta la cuerda que te sostiene...

Hubo un momento de silencio. El hombre se aferró más a la cuerda y se quedó pensando en aquella locura que le proponía Dios.

Cuenta el equipo de rescate que al otro día encontraron muerto a un andinista, sosteniendo con fuerza una cuerda... a tan sólo dos metros del suelo.

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