lunes, 28 de enero de 2008

El examen.

Un poco de humor, creatividad, e ingenio...

La acción transcurre en una atiborrada aula universitaria, donde un severo profesor se dispone a tomar examen escrito a un numerosísimo grupo de estudiantes.

En el pizarrón ha escrito la hora de inicio y la hora de entrega en tamaño fácilmente apreciable. Con anterioridad les había hecho hincapié en que debía respetarse estrictamente el tiempo de duración del examen. Era un profesor reconocido por su mal talante.

Reparte los formularios, consulta parsimoniosamente su reloj y da la señal de inicio.

En el gran aula, sólo se escucha el apagado ruido de las hojas de papel y algún nervioso movimiento de silla.

El tiempo transcurre en cámara lenta. El profesor, con gesto agriado, relee un libro y de tanto en tanto levanta la vista, contemplando las cabezas inclinadas sobre los escritos. Así pasan veinte, treinta, tal vez más, minutos de vigilancia.

Repentinamente, la puerta se abre sobresaltando a todos. Y entra un joven, viene fatigado por haber corrido. Sabe que ha llegado tarde y se disculpa al solicitar el formulario del examen.

El profesor se lo da, señalando con gesto malicioso el pizarrón, con los horarios. No va a poder, piensa, no va a llegar.

El muchacho se sienta y comienza a escribir, febrilmente. El tiempo se va agotando, uno a uno los estudiantes más adelantados entregan sus hojas.

Inexorablemente, la hora se cumple, ante el último aviso del profesor, todos se levantan y dejan sus pruebas en el escritorio.

Todos menos uno, el alumno retrasado, que sigue escribiendo, sin levantar la cabeza, casi sin respiro.

El profesor calla y piensa:.

Qué desperdicio, -Sonríe para adentro-, lo va a dejar terminar antes de decirle que está reprobado. Y esa será una buena lección para aprender a tomar las reglas y normas en serio.

Unos minutos después, el muchacho concluye, firma y se acerca al escritorio atiborrado de exámenes y le tiende el suyo al maestro.

-Se da cuenta que han pasado más de quince minutos del horario de finalización de la prueba y que ya no puedo aceptar la suya -declara el profesor-, con la mitad de una sonrisa. Sería una violación de las normas y una falta de respeto hacia sus compañeros, que han cumplido con el horario.

-Pero...

-No, no hay peros que valgan, ustedes creen que siempre van a salirse con la suya pero no. Usted está reprobado.

-¿Yo?, ¿Y usted sabe quién soy yo?.

El profesor está francamente ofendido por el tono. Y el estudiante vuelve a insistir:.

-¿Usted sabe quién soy yo?.

-No, yo no sé quién es usted y ¡no me importa!.

-¡Gracias a Dios!- grita el alumno, al mismo tiempo que mezcla su examen con los esparcidos en el escritorio y desaparece raudamente por la puerta.

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