jueves, 10 de enero de 2008

La brasa solitaria.

Juan iba siempre a los servicios dominicales de su parroquia. Pero como empezó a parecerle que el pastor decía siempre lo mismo, dejó de frecuentar la iglesia.

Dos meses más tarde, en una fría noche de invierno, el pastor fue a visitarlo. "Debe haber venido para intentar convencerme que vuelva", se dijo Juan. Se le ocurrió que no podía aducir el verdadero motivo: lo repetitivos que eran los sermones.

Tenía que encontrar una disculpa, y mientras pensaba, colocó dos sillas delante de la chimenea y se puso a hablar del tiempo.

El pastor no decía nada. Juan, tras intentar en vano mantener la conversación un rato, se calló también. Los dos se quedaron en silencio, contemplando el fuego durante casi media hora.

En ese momento se levantó el pastor, y con ayuda de una rama que aún no había llegado a arder, apartó una brasa y la colocó lejos del fuego. La brasa, al no tener suficiente calor para seguir ardiendo, empezó a apagarse. Juan, con gran rapidez, la tiró de nuevo al centro del hogar.

- Buenas noches -dijo el pastor, levantándose para marcharse.

- Buenas noches y muchas gracias -respondió Juan-.

- Una brasa lejos del fuego, por muy brillante que sea, acaba apagándose rápidamente.

- El hombre lejos de sus semejantes, por muy inteligente que sea, no conseguirá conservar su calor y su llama. El domingo que viene volveré a la iglesia.

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